El Foro romano, la gran plaza pública que surge entre el Arco de Tito, los muros del Capitolio y la colina del Palatino, pasó de encerrar los principales centros de poder político y religioso del imperio el Senado, el Templo de Saturno o la Basílica Julia, entre otros a convertirse durante siglos en un lugar privilegiado de peregrinación donde intelectuales y viajeros proyectaron ciertas ideas preconcebidas sobre la decadencia y caída de la civilización romana clásica a manos de los bárbaros. Escritores como Petrarca, Montaigne, Goethe, Twain, Pardo Bazán o Joyce encontraron efectivamente en aquel espacio una última lección sobre la fugacidad de la gloria humana y un escenario que acumulaba los errores políticos del devenir histórico. Sin embargo, una «biografía» del Foro romano debería dar cuenta de la lenta evolución y de los distintos papeles y funciones de este tan emblemático como escurridizo territorio, y sobre todo despejarlo de tópicos. A ello se dedica aquí Igor Santos Salazar, quien repasa con inteligencia y sabiduría las implicaciones de los usos de este espacio: de centro del poder imperial a n